No sé en qué momento decidí que “no era para tanto”.
Me iba a Nueva York a ver las luces de Navidad. Viaje soñado, de esos que llevas meses esperando. Maleta hecha, ilusión a tope, y esa sensación de “por fin me toca”. Y justo antes de salir de España empecé con lo típico: un escozor leve, un poco más de ganas de hacer pis… ese aviso pequeñito que, si has tenido cistitis, reconoces al segundo.
Pero claro. Yo no quería que me pasara. No quería ni pensarlo.
Así que hice lo peor: dejarlo pasar…
“Bah, será una tontería”, “con el viaje se me pasa”, “no voy a cancelar por esto”. Y para quedarme tranquila (o para autoengañarme, más bien), me compré varios zumos de arándano y unos probióticos que ni miré bien. Me daba igual cuáles fueran. Yo solo quería subirme al avión y que el cuerpo se portara.
Los primeros días allí parecía que me iba a salir bien. Molestias suaves, alguna urgencia… pero podía caminar, hacer planes, comer fuera. Ya me estaba viniendo arriba, pensando: “¿ves? era paranoia”.
Hasta que llegó el cuarto día.
Me desperté con una fiebre horrible. Pero horrible de verdad. Y con un dolor de espalda que no me dejaba ni ponerme recta. No era el típico “uy, qué molesto”. Era un dolor que te asusta. Me acuerdo de intentar incorporarme y sentir que el cuerpo me decía: “ni se te ocurra”.
Fui a urgencias. Después de pruebas, espera, médicos entrando y saliendo… ingreso. Me quedé unos días en el hospital. Lejos de casa, sin entender muy bien lo que los médicos decían, intentando no llorar por teléfono para que mi familia no se preocupara más.
Cuando por fin me encontré mejor y me dieron el alta, quería aprovechar al máximo los días que me quedaban. Y entonces llegó “la broma”…
Factura del ingreso: 20.000$. ¡Veinte mil dólares!
Me quedé en shock. Literal. Me acuerdo de mirar el papel, mirar a mi pareja y pensar: “esto tiene que ser una broma”. No me salían las palabras. En ese momento ya no quería ver Nueva York, ni pasear, ni hacer nada. Solo quería volver a mi casa, meterme debajo de la cama y desaparecer.
Afortunadamente, al final se solucionó y no tuve que pagarla (larga historia), pero el susto no se me va a olvidar en la vida.
Y si algo aprendí de esto es que cuando el cuerpo avisa, no se negocia. Ni se “tapa”, ni se empuja hacia adelante por orgullo, por ilusión o por no “fastidiar el plan”.
Desde entonces, tomo mis pastillas de mantenimiento para controlar las infecciones, no me hago la valiente. Y si noto síntomas, no lo dejo pasar “a ver si se va sola”. No soy médico ni experta, solo una persona a la que una cistitis le dio un susto tan grande que aprendió por las malas. Ojalá esta historia te ahorre a ti el susto. Porque a mí me costó un ingreso, un viaje medio perdido… y el peor recuerdo posible de una ciudad que yo soñaba con disfrutar.
“Anónimo”

UROCRAN
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